Respuesta a la gran objección: Nadie sabe el día ni la hora

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Nadie sabe el día ni la hora. Esta es la objección más frecuente que encuentro al exponer las hipótesis sobre los últimos tiempos basadas en la Astronomía Sagrada y si no la hubiera resuelto, no tendría sentido seguir postulando fechas concretas relativas a los últimos tiempos. De hecho he dedicado un video de mi canal de 1 hora y 6 minutos exclusivamente a responder esta objeción con detalle, por lo que si lo desea puede encontrar allí más información a lo que aquí expongo, haciendo click en el texto subrayado.

Nuevo artículo de actualización al tema "nadie sabe el día ni la hora": Distinta precisión temporal de las señales proféticas

 
La base de la argumentación es doble:
 
a)  Nuestro Señor dijo a continuación de esta frase que debíamos vigilar y no desentendernos del problema. Por tanto, si la frase debiera tomarse en sentido absoluto, no tendría nunca éxito la tarea de vigilar.

b)  El paso final a la nueva época no está señalado en la Sagrada Escritura por un solo momento sino por al menos 7 hechos. Brevemente me refiero a los siguientes, cuyas referencias escriturísticas están en el gráfico adjunto:
  • Resurrección de “los de Cristo
  • Batalla de Harmagedón
  • Castigo. 3 días de tinieblas
  • Transformación de “los que quedemos” y nueva Creación
  • Nuevo Templo
  • Juicio de las Naciones
  • Segunda Pentecostés

Nuestro Señor, evidentemente no se refería a todos los hechos al hablar de fechas, sino a uno sólo de ellos. Del resto, dijo que habría señales en el sol, la luna y las estrellas para guiarnos. Y, como sabe, las estrellas fueron creadas para medir los tiempos. Y los Reyes Magos, que siguieron ese tipo de señales exclusivamente, llegaron a Belén en el momento correcto y no con antelación, ni retraso. También San Pablo nos guio hacia un patrón de cumplimiento en la segunda Venida de las fiestas mosaicas, como ocurrió en la primera Venida, al decir que esas fechas eran “sombra de bienes futuros”.

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Con todo ello la hipótesis basada en la Astronomía Sagrada encuentra un marco de los tiempos sujeto a ambos criterios, cuya probabilidad se puede calcular, porque los astros se mueven regularmente. La fecha final relativa a la Segunda Pentecostés, está sostenida por una señal astronómica que sólo ocurre una vez cada… ¡¡10 elevado a 18, días!! Es una cifra inconmensurable que demuestra que Dios es el Señor del Tiempo y sólo Él puede hacer algo semejante. Otra de las fechas base del calendario de los últimos tiempos, la señal de la Mujer del Apocalipsis (12, 1), tiene una probabilidad de ocurrir una sola vez en… ¡¡100.000 años!!

Lo sorprendente es que con esas fechas halladas, que no deducidas, encajan perfectamente las dos grandes profecías que contienen plazo en el Antiguo y el Nuevo Testamento. Se trata de las 70 semanas de años de Daniel y de los famosos “un tiempo, dos tiempos y medio tiempo” de Daniel y el Apocalipsis. No son fechas deducidas, sino que ahí estaban puestas por Dios y cualquiera podía haberlas hallado, si hubiera seguido el consejo de buscar donde dijo nuestro Señor: “habrá señales en las estrellas”.

Entonces volvemos a su objeción inicial. ¿Por qué nuestro Señor dijo que “nadie sabe el día y la hora”? La respuesta está analizando la parábola de las 10 vírgenes. Como sabe 5 de ellas eran necias y sólo al final se dieron cuenta de su  error. En esa parábola se habla de la vuelta del esposo, ligada a la costumbre de las bodas hebreas en dos fases: esponsales y traslado de la novia a la casa que el esposo había preparado.  Nosotros somos la esposa y la espera de nuestro Esposo conlleva también cierto grado de sorpresa, para que vigilemos amorosamente su llegada. De ella no se sabe el momento exacto pero si un entorno temporal cercano. Esto es exactamente lo que ocurrió con nuestro Señor en los ocho días de la fiesta de Tabernáculos del año 32 que relata el Evangelio de San Juan (7, 14). Todos lo buscaban y él apareció mediada la fiesta. Casualmente el simbolismo de esa fiesta es el cambio de la habitación temporal en tiendas en que vivieron los israelitas durante 40 años por el desierto, por otra habitación definitiva en casas de piedra de la tierra prometida. Ese es exactamente el simbolismo que se ajusta  al cambio de nuestro cuerpo mortal por el definitivo inmortal, del que habla San Pablo en 1Cor. 15, 51: Os revelo un misterio: no todos moriremos, pero todos seremos transformados. En un instante, en un pestañear de ojos, al toque de la trompeta final, (…) nosotros seremos transformados.

En resumen, no podemos saber, ni sabremos, el día ni la hora de la transformación corporal de los que queden tras el Castigo, aunque si sabemos ya la semana, el mes y el año, en que ocurrirá porque hemos vigilado y seguido las señales de la Palabra y de las estrellas.

Espero haber explicado con esto la famosa objeción, que en último término indica querer utilizar la Sagrada Escritura como piedra arrojadiza, consciente o inconscientemente, contra lo que aún no entendemos de ella.


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