El contexto eclesial de las apariciones de Garabandal

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Concilio Vaticano IICuando en 1961 comenzaron las apariciones de Garabandal, la imagen de la Iglesia ante la sociedad era la de una próspera entidad mundial.  El Papa Juan XXIII había anunciado el 25 de enero de 1959 la celebración de un gran Concilio ecuménico y las jerarquías eclesiásticas centraban todo su tiempo en la preparación de aquella asamblea. La impresionante foto que en 1962 dio la vuelta al mundo, con más de 2000 obispos, revestidos con sus ornamentos sagrados que llenaban la Basílica de San Pedro, es un icono que refleja perfectamente la grandiosidad de la institución en la época.


          En España, los asuntos eclesiales marchaban exteriormente viento en popa. Los centros de formación sacerdotal diocesanos, llenos a rebosar, sumaban más de 23.000 seminaristas. Los alumnos de varios seminarios diocesanos individuales superaban en número a los escasos 1200 que tiene en el año 2011 toda España. Con frecuencia una sola promoción sacerdotal de una diócesis superaba entonces los 160 sacerdotes que hoy se ordenan en total incluyendo a religiosos en nuestro país. El País Vasco, que entonces era un semillero tradicional de vocaciones, muchas de ellas misioneras por el mundo entero, ahora sólo tiene 18 seminaristas. Todas las instituciones religiosas vivían entonces un florecimiento de vocaciones. El prestigio social de sacerdotes y religiosos era el más alto y entre ellos destacaban los Jesuitas como guardianes fieles de la doctrina y la moral. Los casos de secularizaciones sacerdotales hasta 1965 se contaban en toda España con los dedos de una mano. Los obispos se trasladaban habitualmente en Mercedes cuando el país empezaba a viajar en “600 y cuatro latas”.

En aquel panorama sólo Sor Lucía de Fátima se había atrevido, un ya lejano 4 de mayo de 1943, enviar una advertencia de Nuestro Señor a los obispos españoles. Su carta decía: “Determinen una reforma del pueblo, clero y órdenes religiosas. Desea que se haga comprender a las almas que la verdadera penitencia que El ahora quiere y exige consiste, ante todo, en el sacrificio que cada uno tiene que imponerse para cumplir con sus propios deberes religiosos y materiales. Si los señores obispos de España no atienden sus deseos, ella (Rusia) será una vez más el azote con que Dios los castigue”. Por último, el Papa había abierto en 1960 el esperado tercer secreto de Fátima para el mundo y con su autoridad lo cerró sin darlo a conocer, porque él no era “profeta de desgracias”.

En ese contexto aparecen inesperadamente cuatro niñas ignorantes en un pueblo aislado de Cantabria, sin carretera ni teléfono, diciendo que ven a la Virgen con una frecuencia inusitada hasta entonces para este tipo de fenómenos. A los tres meses se da un primer mensaje solemne en el que pintan un panorama espiritual de la sociedad muy diferente a lo que todos parecen ver. En él además se atreven de hablar de enmienda y de un posible castigo muy grande

Obispo del Val

En este contexto nada extrañan las airadas respuestas de la jerarquía eclesial de entonces, ni la falta de seriedad de las Comisiones de estudio o los intentos de que las videntes apostataran de sus visiones. Las sucesivas notas diocesanas resultaron erráticas y sin fundamentar sus conclusiones. El obispo Beitia renunció en 1965 a los cinco días de leer una nota que le envía Conchita (entonces de 15 años). Su sucesor Monseñor Puchol muere antes de cumplir un año en la sede, en una fiesta de San Miguel,  en extraño accidente de coche del que sale ileso su acompañante. Finalmente, Monseñor del Val, nuevo sucesor en la diócesis de Santander es curado de cáncer al besar una medalla besada por la Virgen en Garabandal y decide en 1988, 23 años después de finalizar las apariciones, levantar las prohibiciones disciplinares a los sacerdotes que allí pudieran acudir,  aunque sin emitir un juicio definitivo sobre los hechos.

Lo cierto es que desde el tiempo de las apariciones la Iglesia universal ha elevado a los altares al menos a tres santos (Pío Pietralcina, Josemaría Escrivá de Balaguer y Maravillas de Jesús) y una beata (Teresa de Calcuta) que durante su vida conocieron los sucesos de la pequeña aldea de Garabandal y opinaron favorablemente sobre ellos. También se conocen manifestaciones personales favorables de dos Papas (Pablo VI y Juan Pablo II). Las estadísticas eclesiales, en estos años también dan la razón a lo que aquellas niñas incultas e inocentes transmitían. Más de 15.000 secularizaciones sacerdotales en España durante los veinte años siguientes bastarían para avalar lo que decían. El actual panorama social eclesiástico y civil es exacto reflejo de aquellas advertencias. Por ello, sorprende que la autoridad eclesiástica aún hoy con tantas evidencias siga mirando hacia otro lado, ya que justicia tardía no es justicia. Además, en este caso puede que ocurran pronto los grandes sucesos profetizados que aún faltan por cumplir y se produzca el consiguiente ridículo para quien debía haber emitido juicio.

Sin embargo, esta situación también tiene un aspecto positivo. Si la Iglesia hubiera aprobado las apariciones de Garabandal, probablemente el lugar sería hoy una gran Basílica rodeada por una inmensa explanada y en sus límites docenas de tiendas de objetos religiosos. Sin embargo gracias a su tardanza, aún es posible visitar la aldea tal como era en aquellos tiempos y reconstruir mentalmente el escenario real de aquellos importantes hechos. Esto no es trivial ya que el principal mensaje espiritual que la Virgen dejó en Garabandal a sus pequeñas hijas fue enseñarlas a entrelazar la vida espiritual cristiana con los deberes ordinarios de su vida: obedecer a sus padres, asistir a la escuela, colaborar en las faenas del campo,… Interesantísimas clases prácticas en un nuevo Nazareth de la historia, de las lecciones teóricas que el Concilio Vaticano II impartía a pocos kilómetros de allí.

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